Vivir dando la Cara
- Andrea Garcia

- 9 may 2022
- 2 min de lectura
Actualizado: 10 may 2022

Hemos vivido y continuamos viviendo… dando la cara.
Dar la cara es mucho más que aquel antiguo concepto de “enfrentar la situación”. Asumimos que se refiere a las agallas y la entereza con que transitamos nuestras vidas y que puede ser aplicable a toda situación difícil que, en apariencia, no
hemos elegido vivir al menos conscientemente.
De idéntica manera, ante aquello que sí hemos disfrutado y vivenciado en forma fluida y natural, también podríamos aplicar el concepto de dar la cara, aunque parece menos desafiante debido al placer con que lo hemos transitado .
Observa:
qué es lo primero que miras de una persona? (... su brazo izquierdo?)
dónde depositas la mirada cuando hablas con alguien? (... en su cintura?)
qué imagen registra su documento? Qué fotografías en una reunión con amigos? (... tal vez las rodillas?)
qué te tapas cuando te horrorizas o te sorprende un inmenso impacto emocional repentino? Pues claro... La cara!
Nuestro rostro, nuestro aliado, servicial y siempre ágil ofreciéndose sin cuestionar siquiera ante los estímulos que ha dispuesto nuestro camino, más allá del impacto que ello genere.
Esto es vital para comprender por qué el rostro y la cabeza, en general, poseen tanta información en relación a todo lo recibido.
Ya sea amor, envidia, buenos deseos, enojos, insultos… Más allá de que, claramente, todo nuestro campo áurico registre dicha información, sobre el rostro queda la huella de lo visto y de cómo nos vieron.
Ese niño / niña / joven que en ciertas ocasiones ha sido visto y muy reconocido y en otras: visto y juzgado, que ha estado presente en instancias no deseadas aunque haya tratado de desconectar su emoción intentando protegerse. Si somos vistos con amor, nuestro rostro (y aura) son acariciados, y si por el contrario somos vistos con desdén su vibración punzante también irán hacia allí.
El cabello, maravillosa antena de conexión con la fuente, es una prolongación siempre activa de esta dinámica de emisión, aun si no somos conscientes de sus propiedades receptivas.

Nuestro rostro y cabeza registran un mapa sagrado de zonas específicas y vitales que actúan como espejo de nuestra paleta física y emocional. Y no nos referimos tan solo a esquemas reflexológicos ni puntos de acupuntura.
Existe un mapa emocional para nuestro rostro, cabeza y cuello que guarda la huella, exposición y permanencia en relación a emociones e intercambios cotidianos.
Conociendo este mapa de ruta, logramos agilizar la liberación de lo allí condensado a través del estímulo de sus zonas sensibles y sagradas.




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